martes, 11 de enero de 2011

La experiencia en el Río


¿Qué tipo de ontología es la que me toma y me arrebata cuando observo el cielo nocturno? Cuál la identificación inefable donde la semiótica no alcanza y la música no puede dar más que unos esbozos demasiado identificables, demasiado característicos. El Río con su eterna marcha siempre cambiante, siempre siendo el mismo, me consuela. Aquí no caben los binarismos (simple-complejo) para referirse a lo más íntimo, a lo más hondo de aquello que nos constituye: la discusión no tendrá sentido mientras el Río siga su cause y las estrellas sigan brillando. ¡Cómo gritan los cielos en esta noche donde la inminencia del agua alcanza una elasticidad desesperante! ¡y qué sensación de vértigo me producen los ruidos en la oscuridad! Sin embargo algo recupero del espanto a lo que se desliza y come tierra: la sensación (ni siquiera la conciencia) de ser parte de un todo que se basta en sí mismo, que se glorifica en cada una de sus partes, que entrega dignidad a lo que es por ser lo es. Unidad. En un principio desesperante hasta que vuelven las emociones desterradas por la pretensión de bienestar (por la espiritualidad mal entendida). Espanto a lo que espanta. Ceguera en la oscuridad. Reconocerse los contorno, las posibilidades (me sonroja mi condición de hombre): reconocerse una parte infinitamente pequeña en un universo que colma todas sus posibilidades.

Digory

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