El viejo y la Cometa
A Eduardo Véliz
El Viejo revolvía la Gran Olla con su cucharón de acero. En ella había un estofado, y dentro se guisaban las palabras. De vez en cuando El Viejo metía la mano al estofado y sacaba una palabra que, luego de saborear y escurrir, analizaba ceñudo a contra luz. Entonces podían suceder dos cosas. Una es que la palabra seleccionada no le complacía, en tal caso la devolvía a la Olla y seguía revolviendo. Pero si la palabra escogida resultaba ser la correcta, El Viejo se alegraba sobremanera, aplaudía, se reía y la dejaba en el lugar apartado. Y así lo hacía durante mucho tiempo: revolvía y seleccionaba, revolvía y seleccionaba. Hasta que, al final, cuando ya tenía todas las palabras que necesitaba, sacaba su hilo y su aguja y se entregaba a la laboriosa tarea de entretejerlas. Con las palabras formaba una fuerte y larga soga de tres nudos que luego ataba a La Cometa. Entonces subía al tejado y, a mitad de la noche, la elevaba hasta las estrellas, entre el viento cósmico y la oscuridad. Y La Cometa iba y venía, como un barco en altamar, coleando con la fuerza de un titán. Pero tanta era la fuerza que El Viejo no resistía y tenía que soltar la soga y ver como La Cometa se alejaba hasta perderse.
Entonces, El Viejo bajaba triste hasta su casa preguntándose “¿qué será de La Cometa y de las palabras que se han desparramado por los mundos?”, y, con la pipa encendida, lanzaba al aire anillos de humo, junto al fuego que empezaba a humear.
El regreso de los dioses/ Después del Terremoto
Los dioses han vuelto. Bajaron por la montaña, salieron de los mares. Vinieron desde sus antiguas moradas de piedra, ésas que comenzamos a construirles hace siglos. Despertaron y anduvieron perdidos, caminando como gigantes ciegos, por oscuros laberintos buscando el sol. Y en su búsqueda tropezaron con los templos que les consagramos, pero ya no había incienso ni carne quemada. Entonces salieron de sus mazmorras, y con asombro y espanto pudimos contemplar sus rostros por sólo un segundo. Y en nuestro terror y vergüenza buscamos refugio, mas no lo encontramos. Volvimos pues la mirada a aquellas antiguas divinidades y el horror se convirtió en nuestro solaz, porque cuando un dios se aparece no hay muro que cubra al hombre de su mirada.
Así, pues, bebimos de su copa y aprendimos su castigo, acostumbrándonos a andar con temor. Aún en las noches se pueden oír sus bramidos de furia, sus carcajadas convulsivas. Y todavía los chiquillos gritan por las calles: “¡los dioses han vuelto, los dioses han vuelto!”.
