lunes, 11 de octubre de 2010

Qué cosa rara eso de los trabajos. Eso de la dignidad, de lo que es bueno y enorgullece. Qué cosa rara que uno deba gastarse tanto en sobrevivir, cuando la Tierra es tan dadivosa. Gracias a Dios tengo el violín, y tengo la cabeza y las manos inquietas como pajaros. Ahora puedo elegir, y elijo vivir con honestidad, y con amor. No sé si son más los pesos que las sonrisas lo que me llevo luego de cada jornada, de cada canción.Y está bien eso: al prójimo le gusta, por más que no entienden lo que tocás, que mejor tocate una milonga, un tanguito. Que seguí pibe, y muchas gracias. Y yo me siento en el piso, mientras guardo el violín, y pienso que esto tiene mucho sentido, y me sonrío.
Está, también el mundo mismo, que es una cosa tan vasta. Y las historias que me vienen con el viento y los caminos. Está el Monito en Cuba, está Nadine en Santiago. Está Ivy en Uruguay. Valentina en Israel, Alexis en Rusia, Leo en Perú. Jorge en el séptimo, tocando jazz (se puede escuchar desde el pasillo). Agustina, en un mar de plata, riéndose en la ducha porque se metió con ropa... cada uno con su música y su verdad, con sus pasos sicopados y sus sonrisas fraternas. Hay miles de dioses caminando con las miles de personas, por el vasto mundo. No me hablen de unidireccionalidad, no cuando existen tantas lenguas. No hoy, que le creo a la noche, a las Letras y al cielo que - es sorprendente - tiene tantas estrellas.

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